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Un poco de racionalidad, por fa...
Javier E. Armentia
Tanto tiempo de andar discutiendo con lo más granado de la
tontería patria -sean videntes, contactados, abducidos,
astrólogos, sanadores y demás variopintos personajes de la corte
de los milagros televisiva- no puede ser bueno. Me lo decía un
amigo que de esas cosas sabe mucho (atiende un quiosco de prensa):
“Tío, que al final tú pareces uno de esos, ¡como el padre
Apeles!”, añadía sabiendo lo que me duelen esas comparaciones.
“¿No queréis que se note la diferencia entre esos charlatanes
y los científicos? Pues no vayáis, no juguéis a su juego. Así,
os ponéis a su nivel, pues da la sensación de que ambas cosas
son igualmente respetables...”
Lo sé, pero sé también que con escépticos o sin ellos ese tipo
de televisión iba a seguir igual, porque, querámoslo o
no, lo paranormal, en su versión más chusca e
impresentable, sigue vendiendo. Si para algún día, no
será por otros parámetros que los que hicieron que apareciera:
el share, la popularidad inmediata de cara a los ingresos
publicitarios. Y sé también que cuando no hay escépticos
la cosa es aún peor: aparecen los mismos charlatanes
o iluminados; pero, además, campan a sus anchas los
vendedores de misterios, aprovechados que viven
y gozan de su pequeña cuota de fama gracias a estos temas.
Cuando no hay quien aporte una duda racional, esos
pseudoinvestigadores aparecen como si fueran serios. Por
el contrario, en los casos en que hay un escéptico, los bandos
quedan bien delimitados: de un lado, la feria de lo
paranormal, en todas sus versiones, de la
patológica a la aprovechada; del otro... Bueno, del otro se
hace lo que se puede, entre otras cosas ironizar o echar una
carcajada, porque el idioma de los medios es hostil al
discurso racional, bien elaborado, más denso que las afirmaciones
sorprendentes.
Debemos seguir intentándolo. De la misma manera que hemos de
intentar que no sólo se considere necesaria la presencia
racionalista en esos debates, sino también empezar a
levantar la voz en otros asuntos más serios, donde la
irracionalidad se manifiesta camuflada bajo
ideologías (o teologías). En ARP, debemos darnos cuenta
de que el auge irracionalista no sólo está en la telebasura
paranormal, sino en la cosa pública, como cuando se nos
venden racismos o xenofobias (o antropofobias)
agitando diversas banderas; o cuando se quieren paralizar
conquistas sociales o de libertad bajo la excusa de
mayorías religiosas; o cuando la preocupación por el medio
ambiente se convierte en ecolatría, en mística que
impide un desarrollo sostenible, por cuanto aboga por la
involución. Apostar por el pensamiento crítico, por la razón,
por la ciencia, supone también mojarse en muchas aguas cenagosas.
Y es cierto que, con tanto iluminado donante
intergaláctico de esperma, a veces corremos el peligro de
no darnos cuenta de dónde está lo importante.
El panorama actual de los medios resulta un tanto engañoso: por
su brillo despunta como siempre la televisión con sus teledebates
o el éxito de los ordinary-people-shows, ésos
debates sin estrellas, pero con la vecina del cuarto aireando
sus problemas maritales. Se trata de una dinámica en la que la
radio también parece haberse ido sumergiendo, quizá por la
banalización de la tertulia radiofónica
impulsada en muchos casos por intereses
empresariales/ideológicos. Así que la opinión parece
estar encarcelada en espacios cedidos por la prensa escrita,
lo que limita no solamente su alcance público en un país
con escaso número de lectores de periódicos, sino también su
trascendencia. Ello ha propiciado, posiblemente, una polarización
de los temas que se abordan: por un lado, de primera magnitud,
esto es, política y economía; por otro, la anécdota, la
excusa de la otra cara de la noticia curiosa o chusca que da pie
a reflexiones del opinador... En cualquier caso, son los pocos
espacios en donde se puede encontrar una crítica o un
razonamiento a lo que se nos da desde el resto de los medios.
Pequeñas -y escasas- islas con mensaje en el continuo
informativo y de ocio que nos inunda, y que a veces uno tiende a
ver como algo especialmente diseñado para hacernos casi imposible
la reflexión.
Sin embargo, con la creciente implantación de la
cibercultura, la opinión adquiere nuevos espacios: listas
de correo o de noticias, foros de discusión. Aunque sea un
fugaz fenómeno que podría desaparecer cuando las empresas de
(tele)comunicación se hagan con el dominio de las redes, tiene un
potencial muy interesante para el pensamiento crítico.
¿Sería posible empezar a tomar al asalto estos nuevos mundos
con mensajes racionales? Pese a que han sido precisamente los
abanderados del pensamiento blando, lo que se ha dado en
llamar el tecnopaganismo de la nueva era, quienes primero
han copado este mundo, quizá sea posible introducir en esa
dinámica también un poco de racionalidad, por fa...
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