El debate sobre la Homeopatía
No es la primera vez que
Mundo Científico, versión en
español de
La Recherche, se ocupa de la homeopatía
1
y lo hace de forma que, si bien no puede calificarse de
apologética, cabe considerar como poco crítica e incluso
favorable. Por ello, no resulta extraño que dicha revista vuelva
sobre este asunto dedicándole un amplio
dossier en el
número de septiembre de 1998. No obstante, sorprende un tanto
esta decisión editorial, ya que, por un lado, y aunque se promete
“aportar algunos elementos nuevos”, la novedad en cuanto a
resultados científicos brilla por su ausencia, y, por otro, se ha
elegido un enfoque, el histórico y sociológico, muy poco
apropiado para arrojar alguna luz sobre el verdadero fondo de la
cuestión, que sigue siendo la existencia o no de una base
racional y científica en que pueda fundarse esta práctica
médica. Es de justicia mencionar, antes de seguir analizando el
dossier
de
Mundo Científico, que en la entradilla de carácter
editorial titulada “A nuestros lectores”, la publicación deja
claro que son amplia mayoría en los medios científicos los que
consideran a la homeopatía como “una mistificación científica
y médica”.
Peter Fisher, director médico y de investigación del Royal
London Homeopatic Hospital, firma el primer artículo del
dossier,
que lleva por título “Un concepto más que una técnica”. No
hace falta ser muy perspicaz para deducir que el autor es franca y
fervorosamente partidario de la práctica homeopática, si bien su
entusiasmo resulta frío comparado con el que pone la revista al
redactar el pie de la ilustración que encabeza su escrito: “La
homeopatía va viento en popa. Todos los farmacéuticos venden
indiferentemente productos alopáticos y homeopáticos. El volumen
crece con regularidad en los países occidentales...”. Algo que,
para nosotros, más que una justificación de la validez de esta
práctica médica es serio motivo de preocupación, ya que se
intenta dar carta de naturaleza científica a una verdadera
pseudociencia por el solo hecho del volumen de su consumo.
La lectura crítica del ensayo de este especialista inglés
permite dejar al desnudo la pobreza conceptual y científica
típica de la gran mayoría de los defensores de la homeopatía.
Decir que la homeopatía se comprende mal porque se trata de un
concepto -el famoso latinismo
similia similibus curantur-
más que de una técnica, amén de no aclarar nada, es afirmar
todo lo contrario de la realidad, ya que los conceptos son
precisamente la parte más oscura, controvertida y, con toda
seguridad, equivocada de esta técnica que muchos califican de
curanderil.
Sirva como ejemplo el concepto en que se basa la técnica de
diagnóstico propiamente homeopática, la patogénesis (ver
recuadro), verdadera reliquia de tiempos de medicinas
precientíficas, filosóficas y místicas. O algunos nuevos, como
la llamada
hipótesis del medicamento ‘informacional’,
genuina perla de la más cursi pseudociencia, planteada por los
partidarios de la homeopatía ante la barrera infranqueable que
supone el número de Avogadro (ver recuadro) y el estrepitoso
fracaso de la ridícula hipótesis de la
memoria del agua
(ver recuadro). Dicha
hipótesis ‘informacional’ “enuncia
que, «bajo ciertas circunstancias, el agua y ciertos disolventes
pueden registrar información a propósito de sustancias con las
que han estado en contacto y pueden luego transmitir esta
información a sistemas biológicos sensibilizados». Según este
modelo, que permanece como una teoría en espera de confirmación
experimental, la acción de un medicamento homeopático se
interpreta, en términos cibernéticos, como una retroacción que
informa al organismo sobre la naturaleza de la enfermedad”
2.
Para aclararnos este concepto, Fisher recurre a una metáfora de
cierto regusto esotérico y de Nueva Era, el disquete
informático. Así, nos explica que “el análisis químico de un
disquete informático no revelará otra cosa que vinilo y óxido
férrico: la información registrada en el disquete está en forma
física y el análisis químico no es pertinente”. Por supuesto
que no, pero hay muchas formas de comprobar y demostrar que el
disquete contiene información, lo que no es el caso de las
soluciones ultramoleculares, más que nada porque el ruido de las
impurezas enmascararía cualquier señal hipotéticamente
transmitida de la cepa homeopática a los disolventes
3,
y almacenada en éstos por métodos más propios de los ángeles
que de los estúpidos elementos químicos.
Por último, una cuestión que el autor cita sin dar respuesta
alguna: “La excepción a la idea de tratar a los individuos más
que a las enfermedades: se pueden encontrar en farmacia productos
homeopáticos que se venden directamente al público en vez de ser
recetados por profesionales de la sanidad”. Este hecho es una de
las mayores incoherencias de la homeopatía y una razón de mucho
peso para que estos medicamentos se evalúen mediante los mismos
ensayos clínicos que los alopáticos.
Groucho Marx como Doctor Hahnemann
El segundo trabajo sobre homeopatía se debe a Emilie Gomart,
socióloga, y lleva el curioso título de “El punto de vista del
etnólogo. Presentación y análisis de consultas homeopáticas”.
Intentar analizarlo sería concederle un mínimo de racionalidad y
coherencia intelectual de las que carece por completo. Nos
limitamos a transcribir literalmente un diálogo que gustosamente
hubiese firmado e interpretado Groucho Marx en caso de haber
tenido que encarnar al doctor. Hahnemann:
Doctor: ¿Qué le ocurre?
Paciente: Estoy angustiada. Y no logro mover el hombro
derecho.
Doctor: Se trata pues de osteopatía. ¡Es mi especialidad!
[Le indica que se tienda en la camilla y la explora. Oigo
crujidos. La paciente gime. El médico vuelve a su mesa de
despacho. La paciente se sienta.]
Doctor:
Calibromatum. Algunas personas, cuando han
perdido actividad manual, se sienten totalmente perdidas y se
deprimen. Le daré
Calibromatum porque usted es una mujer
que se aburre los domingos.
[La paciente no dice nada.]
Doctor: ¿Le molesta el olor a tabaco?
Paciente: [Vacilación.] Mmm... No, no especialmente.
Doctor:
Ignatia. Para los que no soportan el olor a
tabaco. Son personas sometidas a la autoridad.
Paciente: Es exactamente eso. En el trabajo mando yo. Tengo
personal a mis órdenes. Pero en casa siempre está mi madre
encima de mí. Soy una mujer sola.
Doctor: ¿Come usted bien?
Paciente: No.
Doctor: Entonces no conviene
el Calibromatum. Usted
no es como yo. ¿Sabe qué placer le ha dado su madre?
Paciente: ¿Cuál?
Doctor: El deber.
Paciente: ¡Sí!
Doctor: Usted seguirá siendo una mujer de deber.
[El médico receta
Ignatia.]
La autora comenta este diálogo: “En este pasaje, el médico
vacila entre dos remedios,
Calibromatum e
Ignatia.
Describe a la paciente la tipología de
Calibromatum,
«alguien que se aburre los domingos», y la de
Ignatia,
«gente sometida a la autoridad»”.
Es de suponer, tras acabar la lectura de este diálogo, que tiene
uno todo el derecho a preguntarse cómo es que el médico receta
Ignatia
-indicado según él mismo para las personas que no soportan
el olor a tabaco- siendo así que la paciente no se queja
especialmente de dicho olor y sí de no poder mover un hombro sin
dolor. ¿Será por la similitud entre olor y dolor?
Por lo demás, el artículo es indigno de una publicación como
Mundo
Científico. Todo lo contrario del trabajo debido al
historiador George Weisz, de la Universidad de McGill, en
Montreal, ameno y bien informado.
Mediación política
La inclusión en este
dossier de homeopatía de un trabajo
de la periodista científica Annette Millet dedicado a la
fabricación de medicamentos homeopáticos parece más propia de
un publirreportaje que de un informe de
Mundo Científico.
El reportaje de Millet, titulado “Recetas artesanales para una
industria ligera. Unos medicamentos sin principio activo conocido,
pero muy bien controlados”, así lo hace, y en particular nos da
a conocer un dato muy significativo: la empresa numero uno del
sector de medicamentos homeopáticos dedicó a investigación, en
1997, la
astronómica cifra de 120 millones de pesetas (el
énfasis es nuestro).
No se nos dice, por otra parte, el volumen de negocio de dicha
empresa, pero, gracias a datos obtenidos de otras fuentes, se
puede comprobar que los fabricantes de preparados homeopáticos
son fieles a la doctrina de la
infinitesimalidad hasta
cuando deciden qué porcentaje de sus ingresos destinar a
investigación. Por otro lado, esta postura más que roñica es
lógica, ya que investigar sobre entelequias místicas no suele
resultar caro. Por último, llama la atención que la periodista
se fije en el sexo -el género, que dirían los manuales de
conductas
políticamente correctas- de los botánicos responsables del
aprovisionamiento de las dos mayores firmas del sector; tal vez
sea un dato de importancia para los expertos en medicinas
esotéricas, pero que a los racionalistas se nos escapa.
Jacques Dangoumau
4 es una
personalidad en el mundo farmacéutico francés y un peso pesado
en los cenáculos de la Unión Europea donde se negocian las
directivas y normas relativas al medicamento. Su paso por la
Administración sanitaria francesa, en la que ha ocupado altos
cargos relacionados con los fármacos, le ha marcado como
político y negociador, atributos que quedan claros en su
artículo “¿Se puede evaluar clínicamente la homeopatía?”,
en el que pretende describir unos posibles ensayos clínicos a
realizar para que sus resultados, sean los que sean, se acepten
tanto por los partidarios como por los detractores de la
homeopatía.
Dangoumau considera que “sólo es posible evaluar la eficacia de
la terapéutica homeopática o de los medicamentos homeopáticos
mediante ensayos rigurosamente concebidos y realizados. Esta
evaluación es científica y sus conclusiones se imponen. Es
preciso constatar que todavía no se ha llegado a este punto y que
la mayor parte del trabajo, por no decir la totalidad, está por
hacer”. Pero, como buen negociador en busca de puntos de
convergencia entre partes en disputa irreconciliable, no le queda
más remedio que navegar entre dos aguas.
Primero afirma que “en ningún caso puede bastar una referencia
detallada a la literatura publicada y reconocida en la tradición
de la medicina homeopática que demuestre que el uso homeopático
de un medicamento o de las cepas homeopáticas que lo componen
está bien establecido y presenta todas las garantías de
inocuidad. Este recurso al argumento de autoridad, eliminado desde
hace treinta años en alopatía, sería un regreso al oscurantismo”.
Y, tras este guiño al
partido científico, termina
tendiendo una mano al
partido homeopático: “Algunos
consideran que la homeopatía es irracional. Tal vez, pero en todo
caso es posible incluir elementos irracionales dentro de un
enfoque racional. Dado que hay pacientes que encuentran, o dicen
encontrar, alivio en la homeopatía, importa determinar
racionalmente qué servicios pueden prestar estas prácticas, ya
que ello es posible, e incluirlas (si se aporta una prueba
científica de su eficacia en ciertos casos) en nuestra medicina
basada en las evidencias. Lo que importa, en último término, es
aliviar o curar a los enfermos”.
Ecología de los saberes y relativismo terapéutico
Philippe Pignarre, historiador y presidente del Instituto
Sinthélabo para el Progreso del Conocimiento, e Isabelle
Stengers, profesora de Filosofía de la Universidad Libre de
Bruselas, abordan los ensayos clínicos en su artículo “Ciego y
doble ciego” desde el punto de vista sociológico para “permitirnos
escapar al debate ideológico que en cambio es inevitable si nos
limitamos a comparar las virtudes
objetivamente atribuibles
de los remedios homeopáticos y alopáticos”. Como buenos
relativistas culturales -al menos ése es el caso de Isabelle
Stengers
5, partidaria de lo que
ella llama la
ecología de los saberes, que equivale a la
afirmación de que
todos los saberes son igualmente válidos-,
los autores, tras aceptar que es posible atribuir una virtud
objetiva a un remedio médico, señalan que “hay que resistirse
a convertirla [la virtud objetiva] en la expectativa necesaria y
suficiente de un juicio que descalifica las demás terapéuticas:
no es más que un elemento que participa en la definición de las
prácticas de quienes las prescriben”.
Lanzada ya la primera piedra contra la objetividad, los autores se
embarcan en un análisis de los ensayos clínicos a los que
reconocen, como principal virtud, la de ser “una formidable
lección de modestia frente a todas las tentativas recurrentes de
constituir una farmacología
por fin racional que realice
el sueño de ir directamente de la molécula definida
científicamente al medicamento. Mientras que las moléculas
objeto de los ensayos clínicos están cada vez más cargadas de
ciencia, garantizando así que deben ser eficaces, estos ensayos
no pierden ni un ápice de su selectividad. Indican que los
desarrollos proliferantes de las ciencias contemporáneas distan
de converger hacia una definición no empírica de lo que es un
medicamento”.
En su afán por relativizar y minimizar el método científico en
la medicina, los autores confunden la definición de un
medicamento con su ensayo o prueba clínica. Un medicamento es una
molécula o conjunto de ellas, llamada sustancia activa, a la que
se puede atribuir una eficacia biológica frente a una patología
o grupo de ellas. Su eficacia requiere de una prueba empírica,
que es el ensayo clínico; pero, para llegar a este último paso,
las autoridades sanitarias requieren cada vez más documentación
acreditativa de las razones objetivas y científicas que
justifican la esperanza de que una molécula pueda tener efectos
terapéuticos. Y sucede precisamente todo lo contrario de lo que
se nos dice en el texto, ya que si exceptuamos a los homeópatas y
otros practicantes de las llamadas medicinas alternativas, todos
los profesionales de la medicina están convencidos de que los
desarrollos de la física, la química, la biología molecular, la
genética, la fisiología, etcétera, convergen claramente en su
definición de medicamento.
La tesis que sostienen Philippe Pignarre e Isabelle Stengers es
que los ensayos clínicos no son la única manera de evaluar la
eficacia de un determinado medicamento o terapia, ni tal vez
siempre la mejor. Para ello hablan de
negociaciones entre
actores para alcanzar consensos sobre patologías,
relativizando de nuevo el posible carácter objetivo y científico
de los ensayos, y nos ponen como ejemplo “la crítica radical de
los psicoanalistas” a los ensayos clínicos de la medicina
moderna. Pero lo cierto es que fuera de la psiquiatría -la
crítica de muchos psicoanalistas a cualquier cosa que huela a
ciencia es normal e irrelevante-, donde ciertamente, hoy por hoy,
es difícil la uniformidad de los ensayos clínicos, los autores o
no encuentran o no conocen ejemplos, ya que no los citan, de
controversias sobre diagnósticos que no se puedan resolver
mediante criterios puramente objetivos, sin recurrir a la
negociación basada en la
democracia de los saberes 6
(científicos y no científicos).
Adicionalmente, se nos informa de la contradicción inherente a
todo ensayo clínico: “Mientras que la enfermedad afecta a un
paciente en su vida, es decir, en su relación con el espacio, el
tiempo, las vivencias y el mundo, la medicina moderna considera
que lo afecta ante todo en su cuerpo biológico. Y las dos
concepciones no se pueden superponer fácilmente, pues el cuerpo
biológico, definido por afecciones caso por caso, ha sido
constituido en grupos homogéneos mediante los ensayos clínicos,
para neutralizar así la manera como el paciente vive su
enfermedad”.
Lamentablemente, los autores no nos informan del lugar en que el
paciente
vive su enfermedad, que, a juzgar por lo escrito,
no es en su
cuerpo biológico. (¿Será en el astral?) Y,
puesto que se nos da noticia de que, para los autores, la
homeopatía complica toda tentativa de transformar los
pacientes
en
casos, rasgo que es “la característica principal de
la homeopatía y no las teorías sobre la semejanza y las altas
diluciones”, pues no es de extrañar que “es bastante posible
que ningún ensayo clínico pueda poner término a esta
controversia [si los medicamentos homeopáticos deben o no
someterse a las pruebas que permiten definir los medicamentos
modernos] mal planteada”, con lo que se justifica, al parecer,
que pueda eximirse a los medicamentos homeopáticos de cualquier
prueba experimental sobre su eficacia del tipo de los ensayos
clínicos.
Para los autores, “la homeopatía nos permite pensar los
límites (sic) y la falta de neutralidad de todos los estudios
llamados de doble ciego, que pretenden extrapolar la eficacia del
método experimental a unas cuestiones que, como la curación,
interesan a los seres humanos”. A nuestro entender este pasaje
es pura metafísica, ya que siempre habíamos creído que la
curación era un hecho experimental y que, por tanto, se podía
demostrar mediante pruebas experimentales que se debía a
medicamentos recetados
7,
extrapolando la eficacia ensayada mediante métodos
experimentales.
Y terminan con una auténtica
perla del relativismo
cognitivo: “¿No cabría considerar que algunas terapéuticas no
tienen otro sentido que el de ser
cultivadas [en el sentido
de emerger como hecho cultural, sin base en el saber adquirido
mediante la razón y el método científico], por lo que es
absurdo exigir que resistan a unas pruebas que imponen, y que
deben imponer, definir esta
cultura como un parásito a
eliminar? ¿No será que todos los proyectos de estudios
sofisticados son falsas buenas ideas que no resolverán ninguna
controversia?”
8.
El regreso de Benveniste y su memoria acuífera
Cierra este
dossier un interesante y ecuánime artículo
debido a Antoine Danchin, director de investigación del CNRS y
profesor del Instituto Pasteur, sobre el célebre fiasco de la
memoria
del agua. Pese a reconocer que dicho episodio constituye una
verdadera
aberración, el autor dirige sus críticas, más que a Jacques
Benveniste y a sus colegas, a los árbitros y comités de lectura
de las revistas científicas. De forma detallada, nos explica
cómo el comité de lectura que aprobó la publicación del primer
trabajo sobre este asunto falló por completo, ya que dejó pasar
numerosos errores conceptuales y de procedimiento. Y lo resume
así: “Si se considera que el trabajo de Davenas y sus
colaboradores [Poitevin y Benveniste] fue un trabajo honesto y que
el modelo utilizado lo fue con el cuidado suficiente, entonces lo
que este artículo de 1987
demuestra es muy claro: no que
el agua tenga memoria de lo que se disuelve en ella, sino que
el
protocolo elegido produce un error sistemático. Este tipo de
error experimental es muy corriente y los buenos experimentadores
lo temen como a la peste, pues si no se detecta a tiempo (por
parte de los autores o de los comités de lectura, antes de la
publicación) lleva al ridículo”.
En la última parte del artículo, se da breve noticia de la
publicación por parte de
Nature al año siguiente, en
1988, de un trabajo similar, firmado por Jacques Benveniste y los
mismos coautores (y algunos más), que dio lugar a uno de los
escándalos más sonados de la literatura científica de los
últimos años. Y, sin decirlo claramente, deja entender que la
prestigiosa revista inglesa y su entonces director, John Maddox,
obraron de forma muy irregular, cuando no con escasa ética, a fin
de dejar en ridículo ante la comunidad científica internacional
a los citados investigadores franceses, y de paso, tal vez, a la
pretendida homeopatía científica.
Decíamos al principio que nos sorprendía un tanto que una
revista como
Mundo Científico retomase
in extenso
el controvertido tema de la homeopatía, máxime cuando no se
habían producido novedades que resaltar. Después de analizar el
dossier
y comprobar lamentablemente su pobreza científica, cabe
preguntarse si no será que el curso político en Bruselas estaba
a punto de reanudarse tras las vacaciones veraniegas y que el
poderoso
lobby homeopático empieza a tomar posiciones con
vistas al candente debate en los organismos de poder europeos
sobre la directiva de medicinas alternativas.
Errores de concepto
Patogénesis: técnica de diagnóstico homeopática por
excelencia, inventada por el fundador de la doctrina, Samuel
Hahnemann (1755-1843), y que ha llegado hasta nuestros días con
los mismos errores conceptuales con los que nació, aunque
maquillada con aceites nuevos: el sorteo, el ciego, el placebo,
etcétera. Básicamente, los ensayos de patogénesis homeopática
(EPH) consisten en hacer ingerir a voluntarios sanos la sustancia
de interés y anotar sus síntomas. Un EPH permite acumular un
repertorio de síntomas que determinan «el tipo sensible», o
tipo de personas que «responde» a dicha sustancia. Se podría
pensar que, por su nombre, nos encontramos ante ensayos destinados
a encontrar el origen, la génesis de la patología; nada más
lejano: se trata de inducir síntomas en pacientes sanos y cuando
el homeópata se encuentra con los mismos síntomas en un paciente
enfermo, le receta un preparado basado en el mismo principio
activo de la sustancia ensayada. Nada importa que distintas
patologías den síntomas iguales o muy parecidos, ya que “la
homeopatía no trata las enfermedades, trata enfermos”, y, por
tanto, “la tarea esencial [del homeópata] consiste en ajustar
este cuadro sintomático [de un paciente] a la patogénesis de un
determinado medicamento homeopático”. Algo así como ajustar el
pie al zapato en vez del zapato al pie.
Número de Avogadro: número de átomos o moléculas que
hay en un mol de una sustancia pura, aproximadamente, 6,023 x 10
23.
Dado que los medicamentos homeopáticos son preparaciones de muy
alta dilución, es muy improbable, extremadamente improbable, que
contengan una sola molécula de la sustancia activa o cepa
homeopática que aparece en la etiqueta. En definitiva, el
paciente ingiere, en general, solo agua, lactosa y alcohol: simple
y llanamente, un placebo.
‘Memoria del agua’: En 1987, una revista secundaria
pero honorable, como la define el propio Danchin,
The European
Journal of Pharmacology, publicó un artículo experimental
firmado por E. Davenas, B. Poitevin y J. Benveniste, con el que se
pretendía situar la práctica de la homeopatía en el campo de la
ciencia. Las diluciones superiores a lo que permite la teoría
atómica se justificaban tratando de demostrar la llamada
memoria
del agua, un fenómeno inexplicable a la luz de los
conocimientos clásicos de la física y la química que permitía
al agua
recordar la sustancia que se había diluido, aunque
ésta ya no estuviese presente.
1.
La
Recherche ha publicado “L’homeopatie: un enterrement
scientifique” (mayo de 1988); “Quand l’eau fait frémir les
scientifiques” (septiembre de 1988); y “Jacques Benveniste à
l’assaut de l’Institut Pasteur” (noviembre de 1992).
Fernando Peregrín
2 Aquí, el autor incluye la cita a varios
trabajos científicos, fundamentalmente a los controvertidos
estudios de K. Dordrecht.
3 Esta hipótesis no difiere en lo básico de
la aberrante
memoria del agua (ver recuadro); en efecto, la
tal memoria no era más que supuesta información transmitida por
la sustancia activa y almacenada en el disolvente. Ver, a este
respecto, “Cool memories III”, de Jean Baudrillard, donde se
afirma que la memoria del agua es “el estado último de la
transfiguración del mundo en información pura” y que “esta
virtualización de los efectos está en la punta de lanza de la
ciencia más reciente” (Citado por A. Sokal y J. Bricmont en
Impostures
intellectuelles).
4 Este autor parece compartir nuestra
opinión sobre el oscurantismo de los conceptos homeopáticos: “Suele
haber confusión entre el arte de curar, cosa que la homeopatía
pretende ser, y unas teorías más o menos fundadas o brumosas,
pero a menudo espectaculares”.
5 Stengers es un personaje secundario en la
demoledora crítica que Sokal y Bricmont hacen a los postmodernos
y relativistas culturales en su libro
Impostures intelectuelles.
De su libro
Entre le temps et l’eternité, escrito con I.
Prigogine, los lúcidos Sokal y Bricmont extraen algunos ejemplos
de errores flagrantes debidos al uso (y abuso, añadiríamos
nosotros) que de conceptos y términos científicos mal conocidos
y peor entendidos hacen los autores.
6 Stengers, I.:
Cosmopolitiques. Tomo 1.
“La guerre des sciences”.
7 Siempre que se trate de una terapia mediante
medicamentos. Adicionalmente, somos conscientes del
efecto
placebo y de otros mecanismos de curación mal conocidos y
peor comprendidos y que se agrupan bajo la denominación común de
remisión espontánea de la patología.
8 Aunque estamos seguros de que nuestros
lectores se habrán percatado de ello, no queremos dejar de
señalar las importantes contradicciones entre J. Dangounau, por
un lado, y P. Pignarre e I. Stengers, por otro.