¿Derechos? ¿Humanos?
javier e. armentia
Se
ha celebrado recientemente el cincuentenario de su declaración.
¿Celebrar? A pesar de un poco comprensible entusiasmo y autobombo
por parte de los poderes públicos, realmente poco espacio hay
para celebraciones cuando la relectura de cada uno de los artículos
que componen la Declaración Universal de los Derechos Humanos se
viste con los incontables incumplimientos de los mismos en todos
los países que uno puede imaginar. A pesar de que es bastante humano
eso de ver pajas en ojos ajenos y no vigas en los propios, y que
también es demasiado humana la tentación de creerse uno -una institución,
un poder-lo mejor de los
mundos posibles;a pesar de estas veleidades, se mire cómo se
mire, lo cierto es que los humanos no logramos que se respeten
nuestros derechos. Uno intenta consolarse pensando que el paso que
se dio en 1948 abrió el camino para el establecimiento de una ética
global.
Cabe rescatarse de la memoria las duras
oposiciones que tuvo la declaración en su momento, como la que
elevó la Asociación Norteamericana de Antropólogos, defendiendo
el relativismo cultural y advirtiendo que las libertades que se
proclamaban podían ser realmente una proyección de lo que la
cultura dominante, la occidental, deseaba, pero no lo más
adecuado a una escala global. He oído críticas similares a
menudo, por ejemplo, cuando organizaciones defensoras de los
derechos humanos intentan concienciar a la gente de que la ablación
del clítoris es una práctica absurda que condena a las mujeres,
por el hecho de serlo, a la pérdida del placer sexual, algo así
como la última sumisión en países donde carecen de todo tipo de
derechos. O cuando se critica el trato a las mujeres en países
del fundamentalismo musulmán, o en las zonas de la India donde
pueden ser impunemente asesinadas, repudiadas o quemadas si se
quedan viudas. Se suele decir que estas prácticas son parte de la
cultura de estos países, y que, por lo tanto, un juicio desde
fuera es inadecuado. Sucede lo mismo cuando la Iglesia Católica
arremete contra cualquier intento de favorecer el control de
natalidad en los países sobrepoblados.
(Releo el párrafo anterior y constato que he
mencionado temas relacionados con las mujeres... constatación de
que si los derechos del hombre son papel mojado, en el caso
de las mujeres, en fin, son algo casi macabro. Pero podríamos añadir
otros ejemplos en los que la discriminación no es solamente de género,
sino étnica, o de casta o clase... Evito una enumeración
dolorosa.)
Recientemente, los dirigentes chinos,
aprovechando una visita del presidente norteamericano Bill Clinton,
comentaban que los valores de la cultura de su país les obligan a
entender los derechos humanos de manera diferente, porque allí la
colectividad es superior al individuo: la familia, el pueblo,
puede (debe) limitar los derechos individuales. Aunque en otro ámbito,
algo sobre este tema hemos podido leer recientemente en algún artículo
de Fernando Savater, donde el filósofo llegaba a la conclusión
extrema de que los derechos son individuales, y que los derechos
colectivos se han erigido siempre para limitar los anteriores. Sin
entrar en el debate de si esto es así, lo cierto es que invocar
la idiosincrasia cultural para justificar los atropellos a los
derechos es una de las características más abyectas de ese
pensamiento posmoderno del que se habla largo y tendido en este número
de el escéptico.
Una vez más, la irracionalidad campa a sus anchas por aquí: el
sempiterno todo vale, traducido en ¿quién es quién
para juzgar lo que es ético?, se usa como arma.
Pero es arma de doble filo, porque llevada a
las consecuencias últimas, la falacia relativista impide de hecho
el establecimiento de cualquier escala de valores. Y, claro, esto
es aprovechado fácilmente por quien tiene el poder, o sea, el
poder económico, que es el único que en ese guirigai puede
realmente erigirse con la sartén por el mango. Démonos cuenta de
que, epistemológicamente, el relativismo es incongruente: al
afirmar que ningún sistema del mundo puede ser considerado
superior o más perfecto o ético o justo, ni siquiera la visión
relativista puede hacerse valer; pues si esto fuera así, ella
misma conculcaría su postulado base. De la misma manera que la
duda absoluta conduce en último término al subjetivismo, la visión
del mundo del posmodernismo impide casi cualquier juicio cierto.
Frente a ello, una apuesta por la razón crítica,
por el escepticismo científico, es una herramienta que, debemos
defender, es posiblemente la única compatible con los derechos
fundamentales de las personas. No sé si realmente el conocimiento
nos hará libres del todo, pero, al menos, quitarnos anteojeras
nos facilitaría estar atentos a los numerosos ataques que contra
las libertades se suceden desde demasiados ángulos de la
realidad. Y las pseudociencias son, sin duda, unas de las más
activas francotiradoras.