Escépticos, pero...
Yo
también soy escéptico, pero...”. Esta sentencia, a cuyo pero
suele seguir una larga retahíla de credulidades, es una especie
de etiqueta que permite distinguir a los auténticos escépticos
de los disfrazados, una señal de alarma que resuena en nuestros oídos
cada vez con mayor frecuencia y que delata a quienes gustan de
autocalificarse de escépticos para revestir sus disparates
y despropósitos de una cierta credibilidad frente a aquellos que
ponen en práctica el escepticismo científico a la hora de
encarar todos los asuntos susceptibles de tal tipo de aproximación.
Son escépticos a los que el pero desenmascara como
a esos defensores de los derechos humanos y de la libertad
que, por ejemplo, afirman: “Yo estoy en contra la pena de
muerte, pero...”.
El escéptico,
pero... es un tipo particular de cultivador de disciplinas
exóticas catalogado desde hace tiempo en el mundillo
pseudocientífico. Está el ufólogo escéptico respecto a
la parapsicología, pero no a las abducciones; el vidente escéptico
respecto a las aptitudes de sus colegas, pero no a las
suyas; el arqueólogo escéptico respecto a las visitas
extraterrestres en la antigüedad, pero no a los milagros;
el médico escéptico respecto a los sanadores por la fe, pero
no a la homeopatía; el periodista esotérico escéptico
respecto a lo que publiquen sus competidores, pero no
cuando es él el que se pone delante del micrófono o del teclado;
etcétera. La lista es tan inabarcable como la de las
pseudociencias y afirmaciones de lo paranormal, y, aunque todas
las variantes tienen en común que limitan su credulidad a un
campo concreto, dentro de este grupo de practicantes de lo
paranormal cabe distinguir entre el creyente sincero, honesto, y
el que se mueve por intereses crematísticos; sin duda, el más dañino.
¿Cómo
diferenciar ambas variantes? En primer lugar, por su presencia en
los medios. El escéptico, pero... honesto no suele
prodigarse mucho en prensa, radio y televisión. Y es que su
discurso carece, en general, de atractivo para los medios de
comunicación de masas: está repleto de jerga pretendidamente
científica y resulta, es de justicia decirlo, aburrido. Por el
contrario, el pseudoescéptico que se mueve por dinero
participa activamente en el circuito de las revistas esotéricas,
los programas de radio y televisión, y los ciclos de conferencias
en los que el misterio cotiza alto. El segundo rasero que permite
clasificar a los escépticos, pero... se basa en su actitud
hacia el escepticismo organizado, caracterizada por el respeto y
hasta la colaboración entre los creyentes honestos, y por el
desprecio y la descalificación entre los mercaderes. En puridad,
habría que decir que los auténticos escépticos, pero...
son los primeros. Los segundos sólo lo son en tanto en cuanto se
han visto empujados a ello por la sobreabundancia de expertos en
cualquier cosa en el mundo del misterio, en el que, sencillamente,
se puede ser una autoridad sin saber siquiera escribir. Es decir,
ante la competencia, se han puesto la máscara de la racionalidad
para rodear sus dislates de un halo de verosimilitud.
Son ésos que
reconocen que efectivamente un supuesto dotado emplea trucos de
ilusionismo, pero que, como no le han cazado todos los trucos y se
ha hecho inmensamente rico, algo hay; o que critican el mercadeo
del mundillo paranormal y se dedican a hacer publicidad a
cualquier vendedor de talismanes o de remedios milagrosos en
cuanto tienen la menor oportunidad. Sujetos que se presentan ante
quienes no conocen sus artimañas como gente de mente abierta y
son, en realidad, la avanzadilla de un sector de la irracionalidad
que, enmascarándose así, persigue distanciarse de los curanderos
semianalfabetos o de los abducidos que aseguran haber vivido
experiencias sexuales con medio sistema solar y parte del resto de
la galaxia. Individuos con un doble discurso: absolutamente
irracional cuando tienen que contentar a su público, al público
de las revistas esotéricas o esos programas de radio de madrugada
desde los que se embrutece a la juventud; medidamente pseudocientífico
cuando se dirigen a una audiencia más amplia o tienen como
interlocutor a alguien mejor preparado en el mundo de la ciencia,
al que a veces suelen embaucar con sus halagos. El escéptico,
pero... de este tipo es, por lo tanto, un embustero
profesional que carece de cualquier motivación intelectual y cuyo
móvil es el mismo que el de los astrólogos y las brujitas del
906.
Hay escépticos
fuera de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, y
de ellos no sólo no hay que desconfiar, sino todo lo contrario.
Son gente que, simplemente, prefiere ir por su cuenta y que merece
todo nuestro respeto y desinteresado apoyo. Pero, ¡ojo!, las
apariencias engañan: no todos los que dicen observar la realidad
desde una perspectiva escéptica lo hacen, aunque así intenten
venderse. Es más, hay ojos críticos -escépticos,
pero...- que pretenden
deslindar posturas racionales de irracionales mediante análisis
grafológicos y disparates por el estilo. Son los nuevos gurus
del mentiroso mundo del misterio.