Un juego de niñas
Las travesuras de dos hermanas dieron
lugar hace 110 años al nacimiento del espiritismo, una creencia
que goza de millones de adeptos en todo el mundo
Ladislao
Enrique Márquez
No
existe tópico en la parapsicología en el que la posibilidad del
fraude haya estado ausente. En gran medida, este estigma ha
colaborado a que la comunidad científica se muestre escéptica
ante las afirmaciones de lo paranormal. Una visión optimista tal
vez hubiera esperado que ésta fuera una etapa ya superada, pero aún
hoy su vigencia es indeclinable. Una buena dosis de creencia,
ingenuidad y desconocimiento de ciertas técnicas de engaño son
el cóctel necesario para que una travesura, a veces ocasional y
otras no, haga caer en la trampa al más académico investigador
de lo paranormal. Basta un breve recorrido histórico por la
abundante literatura parapsicológica para que se ponga en
evidencia la inquietante regularidad del fraude, que ha tenido
como víctimas a numerosos investigadores.
Nunca está
de más recordar uno de los casos más notables de la historia de
los fenómenos psíquicos, que no sólo dio origen a lo que hoy se
conoce como parapsicología, sino que reúne las características
óptimas de desarrollo y desenlace de una lección nunca aprendida
por los parapsicólogos. A la importancia de este historial, hay
que sumar el protagonismo infantil del cual tanto han abusado los
parapsicólogos. La fascinación por la picardía fue el trampolín
fenomenológico que ni al propio doctor Charles Richet hizo dudar
en afirmar: “En general, los movimientos de objetos no revelan
mucha inteligencia. Parece que todo el esfuerzo de la energía que
actúa consiste en una acción mecánica, tan intensa y asombrosa
como sea posible. Pero es otra cosa para los ligeros ruidos
producidos en las mesas o en los objetos contiguos, que escucharon
por primera vez las hermanas Fox y que han sido el punto de
partida de toda la metapsíquica” [Richet, 1922].
A fines de
1847, la familia Fox se instalaba en una casa situada en
Hydesville, un pequeño pueblo del estado de Nueva York (EE UU).
El matrimonio tenía cuatro hijos, aunque sólo vivían con ellos
las dos más pequeñas: Margaret y Kate, de 8 y 6 años,
respectivamente.1 A los pocos meses de la mudanza, comenzaron a oírse
en la vivienda extraños ruidos que sólo se manifestaban cuando
las niñas estaban en la casa. El 31 de marzo de 1848, los golpes -que
luego se denominarían raps-
adoptaron un vocabulario propio. Fue la noche en que la temerosa
señora Fox participó, con sus hijas, en el comienzo de lo que
luego sería un gran fraude.
Alarmada por
los ruidos, la madre fue testigo de cómo su pequeña Kate conseguía
a voluntad que los golpes se repitieran. No tuvo mejor idea que
poner a prueba la inteligencia de los ruidos. Pidió que le
dijeran la edad de sus hijas: los ruidos contestaron correcta y rápidamente.
Sólo faltaba identificar al autor. Qué mejor pregunta que la
elegida por la señora Fox: “¿Eres un espíritu?... Si es así,
da dos golpes”. Con dos fuertes raps, se hizo presente el
alma en pena. Así de simple y sencillo -para
utilizar los calificativos de Richet-,
nació “el más hermoso fenómeno de la metapsíquica” [Richet,
1922].
A partir de
ahí, comunicarse con los espíritus ya no sería problema. Con un
código preestablecido, estaba garantizado un fluido diálogo. En
dicha ocasión, el espíritu golpeador se identificó como el señor
Rosma, quien habría sido asesinado y enterrado en el sótano por
un anterior habitante de la casa, un tal Bell. Como no podía ser
de otra manera, esto atrajo la curiosidad del vecindario de
inmediato. Y comenzó un incesante desfile de curiosos que querían
comprobar con sus propios oídos los maravillosos raps de
las Fox. Al poco tiempo, y por sugerencia de su hermano David, las
niñas mejoraron su comunicación espírita con un código alfabético.
Fraternal empresa
Katie
y Maggie tenían una hermana mayor, casada, de nombre Leah, quien
vivía en la localidad de Rochester. Al enterarse de los
acontecimientos, viajó a Hydesville. Una vez que confirmó los
prodigios, trasladó a sus hermanas a Rochester para que mostraran
sus habilidades. Al igual que en los de poltergeist, en los
que -según los parapsicólogos-
los fenómenos se trasladan junto al potencial agente, en este
caso el presunto espíritu de Rosma viajó a Rochester con las niñas
y, en poco tiempo, la popularidad de las Fox creció
vertiginosamente.
Leah, con una
muy buena visión comercial, consideró que ésta era una magnífica
oportunidad para revertir este proceso espiritual en una
buena fuente de ingresos materiales. Comenzó a congregar a
fervientes espiritistas y puso precio a las sesiones, de tal modo
que la recaudación oscilaba entre los 100 y los 180 dólares por
noche. La difusión periodística fue una excelente aliada que no
sólo sirvió para aumentar los ingresos, sino también para
engrosar el número de creyentes de lo que pronto sería
un movimiento religioso organizado.2 En este aspecto, el
mayor impulso provino, sin duda, de Horace Greeley, dueño de uno
de los más prestigiosos periódicos de la época: el The New
York Weekly Tribune. Las críticas locales no hicieron mella
en el informe favorable que publicó Greeley. Su credulidad lo
hizo un convencido de la “perfecta integridad y buena fe” de
las hermanas Fox [Kurtz, 1985].
No sólo el dinero se
multiplica
Las
célebres hermanas eran solicitadas en diferentes puntos del país.
Sus viajes sumaron numerosas adhesiones de personalidades públicas
-jueces, poetas,
historiadores, políticos, etcétera-;
la fama las llevó incluso a hacer representaciones en la Casa
Blanca y para la reina Victoria en Londres. Pero lo que parecía
ser patrimonio exclusivo de las Fox pronto se extendió a otras
personas.Y a todos aquéllos que estaban en condiciones de
entablar una comunicación con los espíritus se los denominó mediums.
Según algunas estimaciones, en 1852 había dos mil mediums en EE
UU y en 1854 la cifra ascendía a cuarenta mil (Rodríguez Soler,
1984).
Los fenómenos
también se multiplicaron: “Con el tiempo, los espíritus se
dedicaron a anunciar su presencia con hechos aún más
prodigiosos. Movimientos de mesas, levitaciones de objetos, voces
y soplos de origen desconocido e incluso mediante la aparición de
imágenes fantasmagóricas o materializaciones de una sustancia
misteriosa llamada ectoplasma, que tomaba la forma de
miembros humanos”. [Fantoni, 1974]. Las Fox no fueron ajenas a
la moda e incorporaron algunas de estas modalidades, aunque los raps
fueron siempre su carta de presentación.
Apenas habían
transcurrido dos años y el doctor E.P. Langworthy, un médico de
Rochester, informaba, en The New York Excelsior (2 de
febrero de 1850), que su investigación indicaba que los pies de
las niñas, en contacto con ciertos objetos, eran los responsables
de los ruidos. El mismo año, mientras el reverendo John M. Austin
llegaba a similar conclusión en The New York Tribune y el
también reverendo Potts duplicaba los raps en una
demostración pública en el Corinthian Hall, el reverendo Charles
Chauncey Burr y su hermano publicaban el primer libro
desenmascarador, Knocks for the knocking, donde describían
diecisiete formas diferentes de reproducir los raps,
incluyendo el crujido de los dedos del pie (Kurtz, 1985).
En 1851, se
publicó una investigación llevada a cabo por tres médicos de la
Universidad de Buffalo, los doctores Austin Flint, Charles A. Lee
y C.B. Coventry. El informe original apareció el 17 de febrero en
The Buffalo Commercial Advertiser y, en marzo, con algunas
modificaciones en The Buffalo Medical Journal. Después de
varias pruebas con Leah y Margaret, y tras haber eliminado otras
hipótesis -mecanismos
ocultos, ruidos vocales, cómplices, etcétera-,
el equipo académico llegó a la conclusión de que los raps
provenían de las articulaciones de las rodillas. Sumaron a la
evidencia otros casos de individuos que, sin pretensiones espíritas,
lograban el mismo efecto mediante técnicas similares. Tras este
informe nada favorable para las hermanas Fox, éstas no
permitieron más experimentos hasta el final de sus carreras [Bullough,
1985].
Algunas otras
voces en discordia alertaron sobre lo evidente.Pero, como casi
siempre ocurre, las minoritarias voces en disenso fueron rápidamente
acalladas o ignoradas por esa gran mayoría de fanáticos cuyas
anteojeras les impiden ver la realidad. Así que hubo que esperar
hasta 1888 para el derrumbe final, no quizá del
espiritismo, pero sí del gran fraude de las hermanas Fox.
Culpa y confesión
“Estoy
aquí esta noche, como una de las fundadoras del espiritismo, para
denunciarlo como un absoluto fraude del principio al fin, como la
más enfermiza de las supersticiones y la blasfemia más malvada
que ha conocido el mundo. Os suplico que me prestéis atención y
me perdonéis, si puedo hacerme digna, con el paso que voy a dar.
Os suplico también que extendáis la mano y me ayudéis para
seguir en el buen camino por el que he comenzado a andar”. Éstas
son tan sólo algunas de las conmovedoras palabras que pronunció
Margaret Fox en la noche del 21 de octubre de 1888 ante una
nutrida audiencia en la Academia de Música de Nueva York.
Si bien el 15
de octubre Margaret y Kate ya habían firmado la autorización a
Reuben Davenport para revelar la verdadera historia del origen del
espiritismo, Maggie no lo consideró suficiente y decidió dar lo
que hoy denominaríamos una conferencia de prensa, haciendo un
detallado relato de todo lo acontecido y con un espectáculo final
del que sólo un sordo podía dudar. Aun cuando el comienzo había
sido otro, en el incorruptible silencio que adornaba la sala,
Maggie Fox desnudó su pie derecho y, con la sola ayuda de una
pequeña banqueta de madera a modo de amplificador de sonidos,
hizo crujir las falanges de su dedo gordo,
reproduciendo los cautivantes raps que habían
llenado los bolsillos de innumerables embaucadores y vaciado los
de tantas pobres víctimas.
Para algunos,
tal vez resulte ridículo, o a lo sumo divertido, pensar que una
travesura de niñas se pueda transformar en un capítulo de la
historia. Pero basta con hacer un breve recorrido bibliográfico y
se verá cómo muchos casos perduran y otros nuevos se siguen
sumando frente a la inocencia de los adultos. Según el propio
testimonio de las Fox, el ingenuo juego de hacer rodar y golpear
una manzana contra el piso tirando de un hilo fue lo que al
principio fascinó y
atemorizó a su madre, creando el clima adecuado para una
posterior relación con los espíritus. Cuando vieron que obtenían
el mismo éxito reproduciendo un sonido similar con el crujido de
los nudillos de los dedos de la mano, comenzaron a intentarlo con
los pies, utilizando como apoyo y caja de resonancia el respaldo
de la cama. Y así nacieron los raps. La práctica
constante las llevó a la perfección y, en algunas ocasiones, a
recurrir a sus tobillos y rodillas.
La principal
acusada fue su hermana mayor, Leah, quien desde el principio supo
cómo perpetraban la trampa y, sin embargo, decidió transformar
el fraude en un pingüe negocio [Fox, 1888]. Finalmente, lo
que para muchos terminó siendo una desilusión, devino para otros
en una religión, y un tercer grupo lo hizo su objeto de estudio.
Referencias
Bullough,
V.L. [1985]: “Spirit rapping unmasked: An 1851 investigation and
its aftermath”. The Skeptical Inquirer, Vol. 10, 60-67.
Fantoni,
B.A.L. [1974]: Magia y parapsicología.
Editorial Troquel. Buenos Aires.
Fox,Margaret
[1888]:“Spiritualism exposed: Margaret Fox Kane confesses to
fraud”. En Kurtz,
Paul (Ed.: A skeptic’s handboook of parapsychology.
Prometheus Books, Buffalo. 225-233.
Kurtz,
P. [1985]: “Spiritualists, mediums, and psychics: some evidence
of fraud”. En Kurtz,Paul (Ed.): A skeptic’s handboook of
parapsychology. Prometheus Books, Buffalo. 177-223.
Nelson,
G.K. [1969]: Spiritualism and society.
Schoken Books. Nueva York. [Citado por Fantoni, 1974].
Richet,
C. [1922]: Traité de metapsychique.
Editorial Alcan, París. (Versión en castellano: Tratado
de metapsíquica. Editorial Araluce,
Barcelona 1925.)
Rodríguez
Soler, M. [1934]: El espiritismo y los fenómenos psíquicos.
Biblioteca de Doctrina Católica. Vol. IX. Buenos Aires.
Notas
1
Considerando que no existe un consenso entre los diversos autores
acerca de la edad de las niñas, adopto como dato de referencia el
propio testimonio de Margaret Fox en 1888.
2 En
1858, en EE UU, el número de adeptos se estimaba en dos millones
sobre una población de veinticinco millones [Nelson, 1969].
Ladislao
Enrique Márquez, ilusionista, autor e investigador de los presuntos fenómenos