Argumentos y carcajadas
Una sola Blavatsky nos revela, acerca de la raza humana,
mucho más de lo que podría revelarnos una recua de psicólogos.
Sus obras prueban rotundamente que, incluso en medio de lo que
parece ser la civilización, el hombre de Neanderthal sigue
estando entre nosotros", escribía en 1931 Henry Louis
Mencken. Si este ácido periodista estadounidense, azote de
charlatanes y de la sociedad bienpensante, levantara la cabeza en
la España de fin de siglo, se daría cuenta de que se quedó
corto cuando dijo, seguro que compasivamente, que "el
verdadero encanto de Estados Unidos consiste en que es el único
país cómico del que se tiene noticia". Basta ver cualquier
debate televisivo, el espacio que ocupan en las estanterías de
los grandes almacenes los libros dedicados a la falsa ciencia o
cómo el 90% de los medios de comunicación nos ha vendido el
final de un milenio que nos volverá a vender en diciembre de este
año, para comprobar que la comicidad patética no tiene
fronteras. Pero, como en todo, en la sinrazón también hay
grados.
Conviene, por un lado, diferenciar a chiflados y charlatanes. Los
primeros, como indica Martin Gardner, creen en lo que mantienen y
los segundos no; "pero eso no impide que una persona pueda
ser ambas cosas". Por otro lado, el nivel del discurso
pseudocientífico oscila entre la cháchara sinsentido y
semianalfabeta que habla de "cambio de polaridad de los
polos" o de que el Rey "claudicará en su hijo" y
las más arteras argumentaciones que deforman una realidad, que la
mayoría del público ignora, para adaptarla a las necesidades del
mercado. Este último es el caso de las publicaciones y los
programas especializados. El abanico es, por lo tanto, muy amplio
y el discurso escéptico tiene que saber adaptarse a las
necesidades de cada momento y medio. Es necesario –lo
practicamos en EL ESCÉPTICO y lo seguiremos practicando–
desmontar con argumentos sólidos las patrañas más sofisticadas
y ahondar en el porqué de su auge y en sus orígenes, tal como
hacemos en este mismo número respecto a las abducciones. Sin
embargo, quedarse sólo en ese nivel discursivo puede resultar, a
veces, contraproducente.
Si, en un programa televisivo al uso, uno da únicamente
argumentos racionales cuando tiene enfrente a ese tipo de
estafadores que hace su agosto leyendo a la gente el porvenir, no
hace falta ser adivino para vaticinar que puede llevar las de
perder. Los videntes rara vez entran al trapo del debate sobre los
fundamentos de sus prácticas porque se trata, en la mayoría de
los casos, de sujetos incapaces de elaborar un discurso
mínimamente coherente y, por si eso fuera poco, es su negocio lo
que está en juego. Al igual que otros pseudocientíficos, suelen
preferir remitirse a lo que ellos consideran pruebas de su verdad,
evidencias que el escéptico casi nunca puede contrastar ante las
cámaras o los micrófonos en tiempo real. ¿Qué hacer entonces?
¿Qué margen de maniobra queda ante un discurso disparatado que
no se puede rebatir con argumentos porque desconocemos el grado de
certeza de lo que mantiene la otra parte? Amén de apuntar ese
desconocimiento, la ironía es una magnífica salida a este tipo
de situaciones.
El humor y la pseudociencia son incompatibles. No hay nada que
indigne tanto a un charlatán como las risas del público. De ahí
que, cuando el disparate es mayúsculo o incomprobable, la ironía
sea un medio magnífico para sacar a relucir lo intrinsecamente
estúpido, las contradicciones e imbecilidades en las que incurren
habitualmente los negociantes de lo paranormal. A mediados de
diciembre, un adivino –así se presenta– se lamentaba en la
televisión pública vasca de haber llegado tarde a un programa
debido al caos reinante en Barajas. Con buen tino, un escéptico
ironizó preguntándose qué tipo de futurólogo era si no había
previsto eso, y el público estalló en carcajadas. Es sólo un
ejemplo, pero significativo de que, sin entrar en profundidades
que en ocasiones ni comprende el otro interlocutor, puede ponerse
en evidencia la irracionalidad más brutal.
Obviamente, si el discurso pseudocientífico es más profundo o
más peligroso –como es el caso de las medicinas alternativas–
que decir que ya se predijo cualquier cosa sobre Rociíto o Isabel
Preyler, que asegurar que el transistor se debe a tecnología
extraterrestre o que mantener que el consumo de nueces es bueno
para la memoria porque su forma asemeja la del cerebro, la
respuesta ha de ser más elaborada. Pero, también en este
escenario, la ironía es algo que siempre hay que tener presente y
que puede servir para ofrecer, por ejemplo, una explicación de la
homeopatía desde el punto de vista de la mecánica cuántica. La
pseudociencia se toma, en general, muy en serio a sí misma, y
ése es precisamente un punto flaco que el escepticismo
científico no puede pasar por alto.
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