Acusado de traidor por sacar a relucir las falsedades
históricas de la Biblia
"La Historia sirve para formar patriotas". Esta
afirmación representa el ideal educativo decimonónico de la
enseñanza de la Historia. Hoy en día es mucho menos frecuente
oír tal afirmación, aunque de vez en cuando surja alguna voz
que, en el fragor del debate sobre la utilidad académica de la
Historia, nos recuerde que para eso sirve, para construir y
cimentar los mitos nacionales.
De vez en cuando, sucede que los historiadores se rebelan y,
entonces, en vez de formar patriotas, actúan como traidores. El
29 de octubre de 1999 el diario israelí
Ha'aretz publicaba
un artículo del arqueólogo Ze'ev Herzog, de la Universidad de
Tel Aviv, en el que se hacía un resumen de los datos
arqueológicos palestinos y de las consecuencias que implicaban en
la historia de Israel. Las reacciones, recogidas en varios medios
de comunicación como las cadenas estadounidenses ABC y CNN,
fueron airadas. Era de esperar.
Algunos colegas no dudaron en asegurar que Herzog utilizaba la
arqueología para satisfacer un plan político de desprestigio de
los relatos históricos sobre los que se funda el Estado de
Israel. Las reacciones adversas no surgieron sólo en el ámbito
más probable, el de los integristas religiosos judíos, sino que
incluso hicieron su aparición de la mano de personajes como el
diputado Tommy Lapid, un laicista en absoluto religioso que acusó
a Herzog de alimentar con sus ideas a los enemigos de Israel.
Sin embargo, lo llamativo de toda esta polémica es que Herzog no
dice nada en su artículo que no sea conocido desde hace tiempo
para cualquiera que esté al tanto de la arqueología sirio-palestina,
aunque sea superficialmente. En primer lugar, el relato
fundacional de Israel tal como nos es presentado en el Antiguo
Testamento carece de reflejo en la arqueología de la zona. Los
indicios de un pueblo venido de Egipto que, con Josué a la
cabeza, conquista el territorio a los cananeos en una guerra
relámpago, asentándose en su territorio, son inexistentes. No
hay ningun elemento de cultura material que indique la presencia
de una etnia intrusa en la región en los periodos en los que
cabría situar el asentamiento de los hebreos en Palestina.
Además, la conquista de varias ciudades -Ai o Jericó- que de
forma explícita se nos narra en el Libro de Josué es imposible,
ya que habían dejado de existir varios siglos antes. Varios de
los pueblos conquistados no aparecen en la zona hasta tres siglos
después de la supuesta conquista.
Por el contrario, lo que encontramos en el registro arqueológico
es la presencia de un proceso de diferenciación de un grupo de
población cananea en la zona de colinas que va desde la Baja
Galilea hasta el desierto del Neguev, y que tiene lugar a partir
del siglo XII aC, en el Hierro I. Este grupo de población
mantiene una unidad desde el punto de vista de la cultura material
con las poblaciones cananeas circundantes, de manera que es casi
inidentificable hasta finales del Hierro I. Esta unidad cultural y
la imposibilidad de aislar culturalmente a este grupo hasta el
Hierro I sugieren no un modelo de conquista, sino un modelo de
desarrollo y diferenciación étnica endógeno de un sector de la
población cananea que será el que posteriormente conoceremos
como Israel, lo que claramente nos sitúa ante un modelo
divergente del presentado en el relato bíblico.
Si esto es lo que señala Herzog respecto al asentamiento hebreo
en Palestina, cuando toca el periodo de esplendor de Israel, el de
la monarquía unificada de David y Salomón, sobre el que se
asientan las reclamaciones territoriales del Eretz Israel, el
asunto no sale mejor parado. La gran monarquía unificada, cuyo
poder se manifiesta en un proyecto de obras públicas,
especialmente de construcciones defensivas, resulta no tener
reflejo alguno en el registro arqueológico. Las excavaciones
realizadas en Hazor, Gezer y Megiddo han dado como resultado que
en las dos primeras ciudades la actividad constructiva en ese
periodo fue escasa, mientras que en Megiddo no hay rastro ninguno.
En Jerusalén, la capital del gran reino unido, aparecen restos
impresionantes del Bronce Medio y del Hierro II -el periodo del
reino de Judá-, pero los que hay del Hierro I, en el que se
situarían los reinados de David y Salomón, sugieren una ciudad
de dimensiones muy modestas. Todo lo cual lleva a pensar que el
periodo floreciente de Israel fue el de la dinastía omrita y que
se proyectó hacia atrás dando lugar a la imagen de los reinos de
David y Salomón.
Para completar la catástrofe historiográfica, Herzog señala
algo que también era bastante conocido en ámbitos
especializados. A saber, que frente a la imagen de un Israel como
pueblo dedicado a Yavé, al que daba culto único, y que sólo
esporádicamente, e influido por las poblaciones circundantes,
caía en la idolatría, el panorama que tenemos es el de un pueblo
politeísta. Efectivamente, una serie de inscripciones votivas
encontradas en Kuntillet 'Ajrud, de inicios del siglo VIII aC,
aparece dedicada al dios YHWH... y a su consorte, Ashera, diosa
cananea, lo que nos pondría ante un culto politeísta a Yavé y a
su consorte, la diosa Ashera.
Junto a este tipo de inscripciones, aparecen otras dedicadas al
dios Yavé seguido de un determinativo toponímico. Por ejemplo,
las que se refieren al "YHWH de Samaria" o al "YHWH
de Teman", siguiendo el modelo de las dedicaciones a Baal o a
El. Ello indica que a Yavé se le percibía y se le rendía culto
en una forma semejante a los dioses vecinos Baal o a El. Es decir,
a Yavé, como a aquéllos, se le rendía culto bajo diferentes
formas y manifestaciones, a las que estaría asociado como señor
y dios de un lugar determinado.
En suma, el artículo de Ze'ev Herzog no dice nada nuevo, ni ésa
era su pretensión. Simplemente, resume lo que se conoce hoy en
día sobre la arqueología sirio-palestina en lo tocante a los
inicios de la historia de Israel. Sin embargo, dado que los datos
mencionados son desconocidos por el gran público y desmienten los
relatos de un texto sagrado que sirve como fundamento para las
reivindicaciones territoriales de un grupo étnico y su
constitución en Estado, se prefiere que el conocimiento
histórico se sacrifique en el ara de supuestos "intereses
superiores". Por desgracia, esto es aún menos nuevo.
Xosé A. Fernández Canosa
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