Peligrosa ignorancia
La ignorancia está en el origen del auge de las pseudociencias;
pero hay otra ignorancia también preocupante. Recientemente,
hemos presenciado en algunos foros de Internet como
autodenominados escépticos se jactaban de su sabiduría al tiempo
que demostraban un profundo desconocimiento acerca de lo que
hablaban, confundiendo, por ejemplo, a los cultivadores de la
astroarqueología -pseudociencia bajo cuyo paraguas se cobijan los
defensores de visitas extraterrestres en la antigüedad- con los
estudiosos de la arqueoastronomía, disciplina científica sobre
la que este número de EL ESCÉPTICO incluye un interesante
artículo. No es algo nuevo. Siempre ha habido quienes,
escudándose en una presunta racionalidad, han creído que
criticar algo exime de conocerlo, que basta con acusar airadamente
para tener razón. Es más, quienes llevamos años en el
escepticismo organizado hemos comprobado para nuestro pasmo cómo,
en ocasiones contadas, supuestos escépticos han recurrido a
argumentos falsos en intercambios de opinión con creyentes o
divulgadores pseudocientíficos. Y eso es inadmisible.
Si de algo tiene que hacer gala quien dice defender la
racionalidad, es de honradez. Recurrir a la mentira, a la
falsedad, a la fuente inventada, al estudio inexistente, no sólo
resulta indigno, sino que coloca a quien lo hace a la misma altura
moral que aquéllos a los que dice combatir, los charlatanes que
tergiversan la realidad. El fin no justifica los medios.
Difícilmente podrá un escéptico mantener su credibilidad si
hace trampas como las apuntadas o si ni siquiera se molesta en
conocer aquello acerca de lo que va a pronunciarse. Este tipo de
actitudes no son habituales. Sin embargo, aun cuando se trata de
casos aislados, nos alarman, ya que reflejan ignorancia y
desprecio hacia el público. La opinión ha de estar cimentada en
el conocimiento y, si no, es mejor callarse. De opinión basada en
la ignorancia están las revistas y los programas esotéricos
llenos. La primera obligación de todo escéptico no es
pronunciarse públicamente sobre tal o cual asunto; es conocerlo.
Lo contrario, emitir juicios a priori sin haber examinado los
hechos o afirmaciones y haber reflexionado sobre ellos, está en
las antípodas del escepticismo cientítico.
El conocimiento y la racionalidad están, por el contrario, en los
cimientos del texto central de este número de EL ESCÉPTICO.
Gestado desde el humanismo secular -una corriente de pensamiento
con la que el escepticismo tiene indudables puntos en común-, el
Manifiesto humanista 2000 se basa en algo que siempre hemos
defendido en esta revista y en ARP: los Derechos Humanos como
punto de partida hacia un mundo mejor. Pero no se queda ahí. Se
trata de un texto comprometido con el librepensamiento, la
justicia social y la tolerancia, y por eso ha recibido ya
numerosas adhesiones tanto en su versión anglosajona como en la
española. El hecho de que esta revista publique por primera vez
en castellano íntegramente este documento hay que atribuirlo a
Alberto Hidalgo Tuñón, filósofo y miembro de ARP, quien impulsa
en nuestro país la recogida de firmas de apoyo.
"Somos los únicos responsables de nuestro destino colectivo.
Para resolver nuestros problemas, necesitaremos de la cooperación
y la sabiduría de todos los miembros de la comunidad mundial.
Está dentro de las capacidades de cada ser humano marcar una
diferencia. La comunidad planetaria es nuestra propia comunidad y
cada uno de nosotros puede ayudar a hacer que florezca. El futuro
está abierto. Está en nuestras manos elegir. Juntos podemos
llevar acabo los más nobles fines e ideales de la
Humanidad", dicen las últimas líneas de un manifiesto que
hunde sus raíces no en la tan traída y llevada globalización
económica o mediática, sino en la convicción de que los 6.000
millones de humanos navegamos en un mismo barco y de que si éste
hace aguas nos afectará a todos y cada uno de nosotros; aunque la
vía se abra a miles de kilómetros de nuestras casas.
Al igual que la ciencia no tiene fronteras, el sentimiento
humanista tampoco. De ahí que, desde estas páginas, animemos a
suscribir el llamamiento en favor de un humanismo planetario a
todos aquéllos que asuman como propios los racionales argumentos
expuestos en un Manifiesto en el que la reivindicación de la
ciencia y del pensamiento crítico frente a la superstición ocupa
un lugar destacado. Quienes estén de acuerdo con los principios
generales de este documento redactado originalmente por el
filósofo norteamericano Paul Kurtz, pueden dejar constancia
expresa de ello dirigiéndose a ARP, bien sea a la dirección
postal o a la de
correo
electrónico
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