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El Escéptico Nº 7

Peligrosa ignorancia



La ignorancia está en el origen del auge de las pseudociencias; pero hay otra ignorancia también preocupante. Recientemente, hemos presenciado en algunos foros de Internet como autodenominados escépticos se jactaban de su sabiduría al tiempo que demostraban un profundo desconocimiento acerca de lo que hablaban, confundiendo, por ejemplo, a los cultivadores de la astroarqueología -pseudociencia bajo cuyo paraguas se cobijan los defensores de visitas extraterrestres en la antigüedad- con los estudiosos de la arqueoastronomía, disciplina científica sobre la que este número de EL ESCÉPTICO incluye un interesante artículo. No es algo nuevo. Siempre ha habido quienes, escudándose en una presunta racionalidad, han creído que criticar algo exime de conocerlo, que basta con acusar airadamente para tener razón. Es más, quienes llevamos años en el escepticismo organizado hemos comprobado para nuestro pasmo cómo, en ocasiones contadas, supuestos escépticos han recurrido a argumentos falsos en intercambios de opinión con creyentes o divulgadores pseudocientíficos. Y eso es inadmisible.

Si de algo tiene que hacer gala quien dice defender la racionalidad, es de honradez. Recurrir a la mentira, a la falsedad, a la fuente inventada, al estudio inexistente, no sólo resulta indigno, sino que coloca a quien lo hace a la misma altura moral que aquéllos a los que dice combatir, los charlatanes que tergiversan la realidad. El fin no justifica los medios. Difícilmente podrá un escéptico mantener su credibilidad si hace trampas como las apuntadas o si ni siquiera se molesta en conocer aquello acerca de lo que va a pronunciarse. Este tipo de actitudes no son habituales. Sin embargo, aun cuando se trata de casos aislados, nos alarman, ya que reflejan ignorancia y desprecio hacia el público. La opinión ha de estar cimentada en el conocimiento y, si no, es mejor callarse. De opinión basada en la ignorancia están las revistas y los programas esotéricos llenos. La primera obligación de todo escéptico no es pronunciarse públicamente sobre tal o cual asunto; es conocerlo. Lo contrario, emitir juicios a priori sin haber examinado los hechos o afirmaciones y haber reflexionado sobre ellos, está en las antípodas del escepticismo cientítico.

El conocimiento y la racionalidad están, por el contrario, en los cimientos del texto central de este número de EL ESCÉPTICO. Gestado desde el humanismo secular -una corriente de pensamiento con la que el escepticismo tiene indudables puntos en común-, el Manifiesto humanista 2000 se basa en algo que siempre hemos defendido en esta revista y en ARP: los Derechos Humanos como punto de partida hacia un mundo mejor. Pero no se queda ahí. Se trata de un texto comprometido con el librepensamiento, la justicia social y la tolerancia, y por eso ha recibido ya numerosas adhesiones tanto en su versión anglosajona como en la española. El hecho de que esta revista publique por primera vez en castellano íntegramente este documento hay que atribuirlo a Alberto Hidalgo Tuñón, filósofo y miembro de ARP, quien impulsa en nuestro país la recogida de firmas de apoyo.

"Somos los únicos responsables de nuestro destino colectivo. Para resolver nuestros problemas, necesitaremos de la cooperación y la sabiduría de todos los miembros de la comunidad mundial. Está dentro de las capacidades de cada ser humano marcar una diferencia. La comunidad planetaria es nuestra propia comunidad y cada uno de nosotros puede ayudar a hacer que florezca. El futuro está abierto. Está en nuestras manos elegir. Juntos podemos llevar acabo los más nobles fines e ideales de la Humanidad", dicen las últimas líneas de un manifiesto que hunde sus raíces no en la tan traída y llevada globalización económica o mediática, sino en la convicción de que los 6.000 millones de humanos navegamos en un mismo barco y de que si éste hace aguas nos afectará a todos y cada uno de nosotros; aunque la vía se abra a miles de kilómetros de nuestras casas.

Al igual que la ciencia no tiene fronteras, el sentimiento humanista tampoco. De ahí que, desde estas páginas, animemos a suscribir el llamamiento en favor de un humanismo planetario a todos aquéllos que asuman como propios los racionales argumentos expuestos en un Manifiesto en el que la reivindicación de la ciencia y del pensamiento crítico frente a la superstición ocupa un lugar destacado. Quienes estén de acuerdo con los principios generales de este documento redactado originalmente por el filósofo norteamericano Paul Kurtz, pueden dejar constancia expresa de ello dirigiéndose a ARP, bien sea a la dirección postal o a la de correo electrónico



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