Atrapados en Magonia
La ufología ha llegado a un callejón sin salida. Ya no da más
de sí. "El conjunto de incidentes ovni auténticos no se
distingue de los que se encuentran en los ficheros de casos
explicados, lo que indicaría que ambos grupos tienen una
naturaleza similar", reconocía recientemente Vicente-Juan
Ballester Olmos.1 Sobra decir que, "si ambos grupos tienen
una naturaleza similar", la ufología se queda sin objeto de
estudio. Claro que Ballester Olmos hacía seguidamente una
peculiar interpretación de la conclusión a la que han llegado
varios estudiosos por separado tras comparar ovnis auténticos con
ovnis identificados: "Sin embargo, a pesar de llevar treinta
años estudiando esta materia, no estamos en situación de zanjar
la cuestión. Porque si bien es cierto que casi todo se explica,
uno de cada diez casos se resiste a ser clasificado". ¿Qué
importancia tiene que no hayamos podido explicar ese caso si no se
diferencia en nada de los otros nueve? Ninguna; pero la actitud
del ufólogo valenciano es un signo evidente del estancamiento en
el que vive la ufología, del que también es buena muestra la
última obra de Antonio Ribera, decano de los divulgadores
españoles de la creencia en los platillos volantes.
Ribera demostró hace dos años con Abducciones, un libro dedicado
a los secuestros de humanos por parte de alienígenas, el
agotamiento al que ha llegado el discurso ufológico: contaba, por
enésima vez, las mismas historias de siempre con la habitual
ausencia de sentido crítico. Al igual que Ballester pasa por alto
que no haya nada que distinga los casos auténticos de los
explicados, el veterano ufólogo catalán olvida sistemáticamente
que casi todos los avistamientos que sigue publicitando como
reales ya no se los cree nadie, que son más falsos que una moneda
de chocolate. Aunque de distinta generación y tendencia, ambos
estudiosos personifican el anquilosamiento en el que se ha sumido
la ufología por el deseo de sus cultivadores de creer más allá
de las pruebas.
A los 80 años, Ribera vuelve ahora a la carga con unas memorias
epistolares de título pretencioso -Cartas de tres herejes- que se
venden poco menos que como una obra de consulta obligada para los
historiadores. "En un futuro no muy lejano -afirma Javier
Sierra en el prólogo-, cuando los historiadores del mañana
deseen acercarse al envés de aquellos herejes que lucharon a
brazo partido por sacar a la luz temas de la máxima trascendencia
como el de los ovnis, recurrirán sin duda a este libro como
fuente inagotable de inspiración". Una vez más, el director
de la revista Más Allá confunde sus deseos con la realidad. Ni
los ovnis son un asunto de "la máxima trascendencia";
ni a Ribera, Aimé Michel y Jacques Vallée se les puede calificar
de herejes que hayan luchado "a brazo partido" por nada;
ni este libro puede ser considerado una "fuente inagotable de
inspiración". Cartas de tres herejes es, siendo generosos,
una obra para completistas, para aquéllos que, aunque ello
conlleve perder tiempo y dinero, llevamos lustros observando lo
que ocurre en ese submundo de los seguidores de los platillos
volantes intrigados por las causas que llevan a personas en
apariencia inteligentes a dejarse seducir por la irracionalidad.
El libro es una recopilación de parte de la correspondencia que
mantuvo desde principios de los años 60 el ufólogo español
Antonio Ribera con los franceses Aimé Michel y Jacques Vallée.
Un intercambio epistolar, intenso entre los dos primeros y
ocasional entre Ribera y Vallée, que si algo revela es la enorme
credulidad de los protagonistas, sus ansias de grandeza y su
escasa evolución intelectual en más de tres décadas. Que estos
autores sean, todavía hoy en día, considerados como primeras
espadas de la ufología mundial sólo demuestra que consiguieron
lo que perseguían: hacerse con el equivalente intelectual al
minuto de gloria de Andy Warhol, convertirse en autoridades,
aunque fuera de un campo marginal.
Cartas de tres herejes aporta muy poco a la historia de la
ufología española, aunque sí saca a relucir algunas ruindades y
aspectos de la personalidad de los protagonistas como el afán de
Ribera por abrirse las puertas de publicaciones extranjeras o
lograr que sus libros se editen en otros países, la credulidad
desmedida de Michel -que abarca desde el espiritismo y la
telepatía hasta el convencimiento de que Ellos, los
extraterrestres, dirigen los destinos del ser humano- y la
diplomacia y frialdad de Vallée. Una carta que Ribera dirige a
Michel el 4 de julio de 1966 resulta esclarecedora, por ejemplo,
respecto a la altísima opinión que tienen de sí mismos ambos
ufólogos, y los que después han seguido sus pasos. "Estoy
en vías de traducir un libro sobre Galileo y Newton y me he
sentido conmovido por la similitud que existe entre los
investigadores de punta de aquella época y los investigadores de
punta actuales", escribe el español. Obviamente, entre
"los investigadores de punta actuales", están Michel y
él mismo. Esta vieja cantinela de caracterizarse como adelantados
a su tiempo ha sido esgrimida por casi todos los practicantes de
pseudociencias para justificar el desdén hacia la ciencia
oficial, para no dar pruebas de nada y presentarse como mártires
incomprendidos.
Además de la obsesión de Ribera por defender a capa y espada que
los platillos volantes vienen de Marte y por deducir un plan de
exploración alienígena del alineamiento de avistamientos sobre
el mapa, el episodio que coloca al autor barcelonés más allá de
cualquier viso de racionalidad es el que se refiere al conocido
como misterio de Ummo. En los años 60, contactados y ufólogos
españoles empezaron a recibir unas cartas cuyos autores se
presentaban como extraterrestres del planeta Ummo y dedicaban las
misivas a hablar de lo humano y lo divino: desde el modo de vida
en su mundo hasta cómo allí también se encarnó Jesucristo,
pasando por páginas y páginas de jerga pseudocientífica sobre
todas las ramas del saber. En este fraude cayeron Ribera y, en
menor medida, Michel, así como una larguísima lista de
aficionados a los platillos volantes.2 El momento cumbre del
montaje de Ummo fue la creación de una serie de fotos de un
avistamiento de una nave ummita sobre Madrid, que dio lugar al
libro Un caso perfecto, de Ribera y Rafael Farriols.
A la hora de enjuiciar el caso de las cartas de los ummitas, en
Cartas de tres herejes sale a la luz no sólo la nula capacidad
crítica de Ribera -"es necesario aceptar que su origen es
extraterrestre", escribe el 22 de septiembre de 1976- y de
Michel - "se trata de uno de los más grandes enigmas de la
historia", afirma el 29 de julio de 1979-, sino también el
empecinamiento de la ufología española en su conjunto por obviar
que fue una revista escéptica la que desenmascaró ese fraude.
Sierra, en sus comentarios a pie de página, vuelve a falsear lo
sucedido, presentando como descubridores del montaje de José Luis
Jordán Peña a quienes no lo fueron, e ignorando a sabiendas que
la confesión de Jordán Peña como autor del fraude de Ummo se
publicó como primicia en La Alternativa Racional, revista editada
por ARP.
Este epistolario incompleto -faltan misivas- es un producto de su
tiempo que debería haber permanecido oculto en el baúl de los
recuerdos, porque, ante todo, refleja la pobreza intelectual que
caracteriza a la ufología desde siempre, además de su
inmovilismo. Si en un principio los tres autores implicados se
acercaron a los ovnis con curiosidad, pronto se transmutaron en
simples creyentes capaces de tragarse cualquier fiasco con tal de
seguir publicando libros y artículos. Entraron en Magonia
persiguiendo a las hadas del siglo XX y quedaron atrapados en un
mundo imaginario sin querer darse cuenta siquiera de ello hasta
que fue demasiado tarde. Y no son los únicos.
Ribera, Antonio [1999]:
Cartas de tres herejes. Prologado
por Javier Sierra. Ediciones Corona Borealis. Madrid. 303
páginas.
LUIS ALFONSO GÁMEZ
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